6/23/2012

Herencias digitales

Una de las principales características que la Red de redes incorpora es la perennidad de la información que en ella se publica y difunde. Antaño era realmente complicado acceder al proceso de comunicación pública; a día de hoy, resulta extremadamente fácil difundir nuestras opiniones, creencias y datos a nivel global, sin posibilidad alguna de control previo y con vocación de permanencia.

Todo ello implica retos para el derecho; esencialmente, la cuestión se ha enfocado a determinar los mecanismos legales para hacer frente a que nuestro pasado o lo que algunos cuentan sobre nuestra trayectoria vital (con indiferencia de si es cierto o no)  pueda condicionar nuestro futuro. Me refiero al llamado “derecho al olvido”, al que me gusta referirme como el “derecho a equivocarse y volver a empezar”, de casi imposible tutela en el universo 2.0. Sin embargo, la perennidad de la información en Internet puede generar otros riesgos y retos para el derecho, esencialmente relacionados con la cancelación y gestión de nuestras identidades digitales una vez muertos. ¿Qué ocurre con nuestros perfiles digitales después de muertos? ¿Pueden nuestros familiares y amigos acceder a gestionar nuestras cuentas o, al menos, exigir su cancelación? ¿Podemos designar a alguien para que se haga cargo de nuestra herencia digital? No es cuestión para nada baladí; la no gestión de nuestro pasado digital después de muertos puede generar disgustos y enojos a nuestros familiares y amigos.

Pongamos algunos ejemplos. El primero es el caso de Juan, joven de diecisiete años muere y deja un perfil de Facebook y un muro abierto a la curiosidad, por no tener configurada su privacidad. Llegado el día en que Juan hubiese celebrado la adquisición de la plena capacidad de obrar (la mayoría de edad) de no ser por su trágico accidente de moto, la red social Facebook aconseja a sus “amistades”, entre las que se encuentran, entre muchos otros, familiares y amistades de verdad, que se felicite a Juan por su aniversario. También le llega a Juan y a algunas de sus amistades una invitación para asistir a un evento, el Gran premio de motociclismo de Barcelona, bajo la organización de una Asociación de seguidores de la MotoGP, entidad “amiga” del difunto en la citada red social.

Bastante opuesto es el caso de José, abogado de intachable reputación, un hombre de profundas convicciones religiosas que con sesenta y pocos años muere dejando tras de sí una mujer y tres hijos. José nunca configuró ni se preocupó por su identidad digital, no tenia perfiles en redes sociales y poca información relacionada con él había sido publicada en Internet. Era un hombre 1.0 que supo aprovechar las oportunidades del mundo 1.0, cuando aún quedaban oportunidades en ese mundo. Sin embargo, era usuario de Dropbox, una de las compañías que ofrece servicios de computación en la nube, donde acostumbraba a guardar fotos, vídeos y documentos relacionados con sus escapadas de fin de semana, ahora más conocidas como “hacer un Dívar”, donde gozaba de autenticas orgías, mostraba arrebato por la excitación anal y pasión por la “lluvia dorada”. ¡Qué delirante sorpresa se llevaron la mujer y los hijos de José cuando por fin Dropbox accedió a facilitarles las claves de usuario! La reputación 1.0 de José se desmoronó de golpe tras el conocimiento de la información que albergaba su nube.

Ambos ejemplos muestran a la perfección que si no piensas en tu legado 2.0 ni configuras la gestión de tu herencia digital, ello puede llegar a convertirse en una situación incómoda para muchas personas. En este estado de cosas, es lógico que las consultas de posibles peticionarios vayan a más en un futuro cercano, por los “riesgos” inherentes que supone no poder gestionar eficazmente nuestro yo digital tras la muerte. Una posible solución pasa por la designación del albacea digital (que serian depositarios de las claves de acceso del difunto), figura que no contempla aún nuestro siempre actualizado y veloz ordenamiento jurídico, si bien habrá que solucionar los interrogantes relacionados con la gestión de las cuentas de correo electrónico del difunto, especialmente, el rompecabezas que se deriva de la confidencialidad con terceros, es decir, la confidencialidad que merecen las personas que en algún momento intercambiaron correspondencia con el difunto. Y a todo ello se suman también los eventuales problemas que se generan gracias a la eterna cuestión de la (in)eficacia del derecho español en el universo digital y las dificultades de determinar la ley española como la aplicable al caso, dado que con total probabilidad los servidores que almacenan la información del difunto estarán situados en el extranjero y las compañías que prestan el servicio estarán ubicadas también en el extranjero.

En cualquier caso, la cuestión de la herencia digital merece una reflexión serena. A mi juicio, el incremento de las peticiones y la manifestación de una creciente preocupación ciudadana sobre este tema deberán ser tenidos en cuenta en un futuro no lejano por nuestro ávido legislador, así como por las empresas que se dedican a gestionar la reputación de las personas en Internet, a las que se puede abrir una oportunidad de negocio con todo ello.

PD: Paga la pena señalar la patética herencia digital de algunos candidatos políticos que abren blogs tres meses antes de las elecciones y después dejan de actualizar sus bitácoras hasta que no llegan las siguientes (en caso que se vuelvan a presentar). Esa información también permanece en Internet, y nadie se preocupa de eliminar toda esa basura (siempre hay excepciones, políticos que informan y se relacionan a través de la web no solo para obtener votos antes de las elecciones). Quizás es mejor que todo eso permanezca intacto en Internet para recordar a los electores la penosa clase política con la que, por lo general, nos ha tocado convivir. 

1 comentario:

@gabyromero7 dijo...

Felicidades, muy buena reflexión! En México tampoco tenemos legislación al respecto.