El “escrache”
es un término de origen sudamericano, que hace referencia a la práctica consistente en señalar
públicamente a los que se considera causantes de un problema, para que tomen
medidas para acabar con el mismo. Podríamos afirmar que el escrache ha llegado
a España de la mano de grupos de personas afectadas por los desahucios. Las
protestas se han centrado hasta la fecha contra diputados del PP, siendo el
caso más notable el escrache que sufrió la familia de Esteban González Pons,
cuando los protestantes se plantaron delante de su casa y llamaron a la puerta
profiriendo insultos durante casi una hora, cuando dentro de la misma sólo se
encontraban los hijos del político. Como reacción desde diferentes foros
públicos se ha abierto un debate sobre la “legalidad” del escrache, desde donde
se señala que éste traspasa los límites de la intimidad y es un peligro para la
familia de los políticos.
No
estamos ante nada nuevo, ni hacen falta respuestas que nuestras leyes no
prevean expresamente. En un Estado de Derecho, si un individuo amenaza a un
político o a su familia con causar un mal que constituye un delito en el marco
de un “escrache”, debería aplicarse un tipo penal parecido al del art. 169 del Código
Penal. En un Estado de Derecho, si un individuo impide a un político o a su
familia con violencia hacer lo que la ley no prohíbe debería aplicarse un tipo
penal parecido al del art. 172 del Código Penal. En un
Estado de Derecho, los cargos públicos también tienen derecho a la intimidad
personal y familiar, a proteger esa esfera más íntima de la mirada del ojo
ajeno, lo que impide a todas luces la persecución de lo que se debate en la
esfera pública hasta la puerta del domicilio del cargo en cuestión, y traspasar
la responsabilidad de la decisiones o elevar el debate a la esfera más
estrictamente familiar. En un Estado de Derecho, los responsables de los daños
ocasionados por una intromisión ilegítima en la intimidad personal y familiar
del cargo político deberían responder civilmente de los mismos, por los daños y
perjuicios ilegítimos que se hayan podido ocasionar.
Lo que
sucede, sin embargo, es que vivimos patas arriba. Parafraseando a Eduardo
Galeano: “al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo
tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la
cabeza en los pies”. Ese es el mundo actual, al revés. Lo que sucede es que nuestro
querido Estado de Derecho está cada vez más deslegitimado, y resulta realmente
complicado exigir el cumplimiento de las leyes cuando, sin ir más lejos, quién
las hace las incumple.
En un Estado
de Derecho, o mundo ideal de las cosas, los diputados nunca aprobarían leyes
que vulneran derechos fundamentales. No obstante, se aprobó la Ley de Tasas
Judiciales siendo palmariamente contraria al derecho fundamental a la tutela
judicial efectiva. Se trata del ejemplo más claro, pero encontramos fácilmente muchos más, a veces incluso se modifican derechos fundamentales mediante Reales
Decretos. En un Estado de Derecho, o mundo ideal de las cosas, los gobernantes nunca
se aprovecharían, y si lo hacen, no saldrían de rositas, de ese poder para su
propio beneficio. Sin embargo, las tramas de corrupción en España van en auge
(Gürtel, ERE, Campeón, ITV, Millet,
Dívar, Nóos y Urdangarín, Bárcenas, etc.) y crece la sensación de que nuestro
ordenamiento jurídico no responde adecuadamente contra todo ello. Y el problema
llega cuando esa sensación no es en realidad una sensación sino una realidad. En
un Estado de Derecho, o mundo ideal de las cosas, la coacción financiera no
tiene cabida, esto es, las leyes las hacen los representantes y no el poder
privado, y los bancos son responsables de sus decisiones, entre las que se encuentran
todas las políticas que llevaron a la crisis financiera, de la que se ha salido
a base de ayudas que pagan los representados sin que quede muy clara su aceptación.
En este
estado de cosas, ¿pueden los desahuciados dialogar con un Estado deslegitimado,
con altas dosis de corrupción y con un progresivo desmantelamiento de las más preciadas
garantías democráticas que tanto costaron reconocer en nuestro país? Difícilmente.
La corrupción destruye los pilares sobre los que se asienta la legitimidad del
sistema político democrático. Cómo se va a debatir y razonar democráticamente con
representantes tan alejados de la ciudadanía (un estudio publicado
recientemente afirma que un 89% de los ciudadanos encuestados apoya las campañas
de escrache), con políticos corruptos o con legisladores que prescinden
totalmente de las garantías constitucionales cuando de lo que se trata es de aprobar
las leyes. Ningún tipo de diálogo sereno se puede producir entre la ciudadanía
y un Estado que cada vez menos tiene de “Social, Democrático y de Derecho”. El
escrache se presenta así como una respuesta “cívica”, es decir, de la
ciudadanía, frente a determinados comportamientos totalmente reprochables desde
una óptica democrática. Dice el Sr. Rajoy que el escrache es absolutamente antidemocrático,
seguramente sí, pero quizás menos antidemocrático que las acciones y
comportamientos contra los que lucha.